domingo, 6 de marzo de 2016

Iron Maiden: El Imperio que nunca será derrotado


CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- Pocas bandas de rock de la vieja guardia pueden lograr en instantes llenos totales en estadios de todas partes del mundo; son contadas con los dedos de la mano. Lo común es que los grupos que alguna vez fueron gloriosos toquen en pequeños foros de un puñado de países o que logren cierto cartel gracias a un reencuentro fugaz. Tal vez lo más asombroso de los británicos de Iron Maiden es que gira tras gira den vuelta al globo terráqueo agotando las localidades de donde se presenten, causando un desbordante furor entre quienes van a verlos.
Lo más lógico es que una banda cuyos integrantes están por llegar a los sesenta años de edad reúna primordialmente a seguidores contemporáneos. No obstante, si bien asisten varios roqueros con décadas de experiencia, prevalecen los jóvenes ataviados con playeras negras estampadas con el rostro cadavérico de Eddie, la mascota del grupo. Iron Maiden impone en las nuevas generaciones.
A pesar de que el cantante Bruce Dickinson apenas el año pasado fue dado de alta de cáncer de lengua, los altos tonos de su voz aún cimbran los oídos de los espectadores. La banda esta semana pasó por México, visitó Monterrey y ofreció dos fechas en la capital del país. Mantienen un altísimo nivel de calidad. Un show impecable y lleno de vigor, una mercadotecnia perfecta que seduce las costumbres de los países que visitan; escenarios temáticos, con llamas y monstruos gigantes.
El concierto del viernes cuatro de marzo en el Palacio de los Deportes inició pasadas las nueve de la noche, precedidos por Anthrax, una de las bandas representativas del género trash metal junto con Metallica, Megadeth y Slayer. Los neoyorquinos tocaron con su inagotable energía y velocidad. No dejaron pasar temas clásicos de su célebre álbum Among the Living, aunque privilegiaron canciones de su más reciente disco, For All Kings.
Como acostumbra, Iron Maiden salió de gira para presentar su nuevo álbum, en esta ocasión llamado The Book of Souls, que, sin el respaldo de las estaciones de radio ni de los medios masivos, debutó como número uno en 21 países. Los primeros temas que interpretaron correspondían a este disco, el número 16 del grupo fundado en 1975 por el bajista Steve Harris. La temática está inspirada en muertes históricas, como el accidente del aerodirigible inglés R-101, y también en el Imperio Maya. Antes de interpretar la canción que da título al disco, Dickinson habló de lo efímero de los imperios, de cómo ninguno sobrevive a sí mismo.
A partir del sexto tema, Maiden comenzó a interpretar los himnos clásicos que los ascendieron a la inmortalidad: The TrooperHallowed Be Thy NameFear of the DarkIron Maiden y The Number of the Beast.
Los seis integrantes de Iron Maiden se desviven en el escenario. Corren, saltan, recorren la plataforma, sudan a mares. En sus rostros se refleja un sereno disfrute. Es evidente que no lo hacen primordialmente por dinero. En un momento del concierto, Bruce Dickinson salió a cantar con una máscara de Blue Demon y en otro luchó contra la nueva versión de Eddie. En las últimas canciones se veía que hacía un esfuerzo doloroso por no bajar su altísimo rendimiento.
Las personas ajenas a Iron Maiden por lo general asocian al grupo con música demoníaca que sólo le puede gustar a gente inadaptada y drogadicta. Pero para que un grupo fundado hace poco más de 40 años no sólo enajene a masas de todo el mundo, sino que incluso cuente con su propia aerolínea, marca de cerveza y avión privado, hay un esfuerzo empresarial de disciplina férrea.
Desde sus inicios fue una banda que se caracterizó por trabajo extenuante, por esmerarse en ofrecer mejores espectáculos, por la profundidad de sus contenidos y su veloz virtuosismo. Pero tal vez han sido más impactantes sus –muchas veces censuradas- portadas con diablos, asesinatos y monstruos. Sus canciones tenebrosas y sus escenarios infernales. Sus pelos larguísimos y su vestimenta típica de un metalero; por algo el baterista, Nicko MacBrain, fue confundido con un indigente y el hotel que lo hospedaba en la Ciudad de México le denegó el acceso. Ellos lo han explicado, es claro, su estética infernal es sólo parte del show, es ficción, aunque aún asusta a las almas culposas.
Iron Maiden es un grupo que, si una fatalidad no dicta lo contrario, bien podría estar muchos años más recordando al mundo por qué el rocanrol alguna vez llenó los estadios que quiso, por qué irritaba tanto a los conservadores y desquiciaba a los padres. Lo hacen con vigencia, con dignidad, con todo su esfuerzo. No dan lástima, no ofrecen giras porque se quedaron sin dinero, no se abandonaron. Casi ninguna de esas bandas de la tercera edad puede presumir de lo mismo.

El último tema que tocaron fue el clásico Wasted Years, que habla sobre no dejarse vencer por la nostalgia: “No gastes tu tiempo buscando siempre esos años perdidos; levanta la cara, hazte valer y date cuenta que estás viviendo los años dorados”.